domingo, 1 de enero de 2012

2011 y después

Sami Nair
El País
 
Es una perogrullada subrayar que este año 2011 será uno de los más importantes de esta primera mitad de siglo. Y ello tanto por la ruptura que introduce respecto al pasado cercano y más lejano como por las potencialidades que encierra para el futuro. Es, de entrada, el año del comienzo de una nueva época para el mundo árabe. Gracias a la revolución tunecina, este ha alcanzado el tiempo del mundo moderno al colocar la cuestión de la democracia en el centro de su historia. Aunque esta transformación implica regresiones religiosas allí donde se ha producido la revolución (Túnez, Libia, Egipto), estas no pueden disminuir el significado histórico de la revolución misma.
 
En efecto, lo que en todas partes caracteriza a esta revolución es el desplazamiento radical de la soberanía: desde las independencias (en resumen, desde el final de la II Guerra Mundial), la soberanía había sido confiscada por Estados burocráticos y militar-policiales. Vuelve a la sociedad, a los pueblos. Este desplazamiento es de una importancia capital para el acceso a la modernidad. Se produce al hilo de una retórica contemporánea y moderna: la de los derechos de los pueblos a disponer de ellos mismos frente a sus propios poderes estatales. Es por ello que los derechos del hombre, la exigencia ardiente de ciudadanía y la libertad de conciencia han estado en el centro de esos levantamientos.
 
Los movimientos islamistas, los únicos que estas últimas décadas han organizado la resistencia civil contra las dictaduras establecidas, se aprovechan hoy democráticamente de ese desplazamiento de soberanía cuando se organizan elecciones democráticas. Nada hay que objetar: la democracia no se reparte, salvo si los que se benefician de ella quieren utilizarla para instaurar un nuevo orden totalitario.....

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